jueves, 6 de mayo de 2010

Amelie

Tan lozana y fresca,
como una planta, como una vida.
Moría por un beso y por el roce de sus manos.
De su lengua sobre mi cuello
y mi sangre entibiando el ambiente.

No importaba el dolor si era con ella,
qué más daba si ella era lo que me curaba?

Sus enormes ojos celestes me llamaban
y yo acudía.
Indefenso y estúpido,
luciernaga y libélula,
enorme y pequeño.

Esperaba..
Cerraba mis ojos y rezaba,
rogaba al inconsciente colectivo que me entienda.
Obviedad anticipada pensaba.
Ella ya lo sabe, ya lo entiende,
Solo baila y rinde culto a la histeria.

No soportaba más, necesitaba sentirla,
necesitaba gritarle el interior,
gemir con ella.

Mirar lo oscuro y llegar a la luz,
bajar, subir y asi flotar y más.

Por momentos eramos uno,
por momentos tres,
el placer siempre estaba,
iba y venía,
miraba y sonreía.

Deseaba profundamente que no terminara,
y en el fondo hacía lo posible para que eso suceda.

Me contradecía pero continuaba,
mojaba y respiraba,
y admiraba.

Ella me provocaba,
la miraba y me mareaba.

Vertiginosa era,
vertiginosa su vida,
su forma de amar,
su forma de terminar.

Finalmente llegó,
y pasó.

A punto de romper su cuerpo como un cristal,
no me hables de amor..

No sé porque.




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